Historias, ideas y fragmentos para leer sin prisa.
Textos de Jorge Mario Yepes. Prosa y poesía desde una voz colombiana, directa, irónica y personal.
Los muertos, en fila, lado a lado, hombro con hombro, ya no pueden voltear la cara para decirle al de enseguida:
—¡Te lo dije!
En el campo de batalla actual, donde ya no puedes pelear con escudo, lanza y espada ni mirar a tu enemigo a la cara, te van a enterrar… si encuentran tus pedazos.
Toda la ideología, las razones de peso, las verdades bíblicas, el marxismo, el comunismo, el capitalismo, el fascismo y hasta el mamagallismo…
Cuando estés muerto, ya todo da lo mismo.
Se supone que tenemos que vivir, defender la vida y dejar a los hijos en posición de ventaja. Al paso que vamos, no les dejamos ni la mortaja.
¿Qué objeto tiene apoyar a uno u otro bando?
Imagínense ustedes que alguien diga:
—A mí no me toca.
¿Una lluvia loca de misiles por miles?
Así suene poético, la estupidez con la muerte no hace rima.
Los muertos, en fila, lado a lado, hombro con hombro, ya no pueden voltear la cara para decirle al de enseguida: —¡Te lo dije! En el campo de batalla actual, donde ya no puedes…
En una América no precisamente liberada, sino más bien descolonizada al vaivén de intereses fiscales, el rezago en el desarrollo no está causado exclusivamente por el gobernante… También está en el mecanismo de la fanatización.
Pueblos enteros desarrollan una pasión por el político de ocasión —el mesías— o por el político de apellido.
Ahí comenzó el baile.
El político no se apega a un plan: solo necesita una fanaticada.
No importa si el cargo le llega del cielo por herencia o si lo alcanza por ocasión —un empresario que busca poder o un «influenciador» de las redes sociales—, aunque no tenga experiencia, trayectoria técnica en la administración pública ni conocimiento del funcionamiento del Estado.
Le bastan imagen, fama y una historia que contar. A la gente le fascinan las historias.
«Nosotros contra ustedes».
El apasionamiento hace el resto. La polarización queda sobre la mesa como una pistola cargada. El líder ya no necesita mostrar resultados. Puede gobernar sin enseñar logros porque, en la fidelidad de sus seguidores, los objetivos se miden en culpas, desatinos anteriores y errores eternos que se exhiben en forma de escándalos.
No necesita construir colegios ni centros de salud, pavimentar carreteras ni nada de esas vainas.
Solo le basta construir identidad.
En el momento en que se abre la ventana de la identidad, la coherencia se vuela por la chimenea, y la razón y el sentido común se vuelven humo.
Cualquier observación, sugerencia o crítica se convierte en una «vil traición a la causa»… Entonces, cualquier cosa que se diga sobre una gestión equivocada equivale a ayudar al enemigo.
Ese es el punto de partida del desastre, que solamente el tiempo se encarga de dibujar y la historia, de condenar.
Un ciudadano polarizado deja de ejercer control político y se convierte en colaborador.
¿Para qué utilizar los conductos regulares de contratación, efectuar actos transparentes y controlar el gasto público si, de todas maneras, van a aplaudir?
Las palabras mágicas serían:
—¡Los otros lo hicieron peor!
Y nadie parece advertir el cadáver oloroso en que se está convirtiendo la rendición de cuentas.
¡Pero taparse la nariz aguanta!
Para eso existe un antídoto llamado clientelismo fraternal.
La gente no dirá:
—El presidente me dio un cargo…
En vez de tan corriente argumento, exclamará:
—¡Mi líder me ha salvado!
Los políticos de apellido ya saben cómo es la vaina: cómo pagar favores, cómo repartir puestos, cómo repartir contratos, etcétera.
El influenciador bajado del cielo aprende rápido.
Cualquier intento de reforma se vuelve sospechoso cuando amenaza con detener, de un momento a otro, algún engranaje de una maquinaria construida para extraer.
Cualquier intento de escalar al poder por méritos se deshace en una escalera de peldaños resbalosos, embadurnados por un poder que llega a borrar los avances del anterior, no por su beneficio o inconveniencia, sino simplemente porque «los hizo el otro».
Es la muerte de la meritocracia por fuego cruzado.
La entrega de cargos a los amigotes, nombrados a dedo, termina llenando ministerios y oficinas de instituciones con técnicos que asesoran, ayudantes de técnico, la moza del primo, el cuñado varado y una fauna infinitamente diversa de lambones y aduladores.
Ningún país puede darse el lujo de pensar un plan de desarrollo siquiera a veinte años cuando, cada cuatro, llega un carajo con una escoba a barrer y a desbaratar por igual lo bueno y lo malo.
Colombia, Argentina, Perú, Chile y Brasil, por nombrar solo algunos —desgraciadamente, Estados Unidos últimamente se encuentra en esa tónica, de ahí su deterioro económico y social reciente—, ven pasar, período tras período, este fenómeno: no políticos, no estadistas, sino simples figurines exclamando lo que la gente quiere escuchar, con la misma pasión que un adolescente pone en las palabras con las que intentaría hacerle el amor a la vecina.
No, señor: en estos países no hay ciudadanos; hay fanáticos.
No hay estadistas; hay ídolos que arrancan lágrimas como cualquier par de tetas en un estadio.
Jorge Mario Yepes.
Nota:
Ningún animalito fue maltratado durante la elaboración de este escrito.
En una América no precisamente liberada, sino más bien descolonizada al vaivén de intereses fiscales, el rezago en el desarrollo no está…
JM
Jorge Luis inventó una máquina para coleccionar recuerdos, pero el circuito del deslaminibinidizador —o sea, el que deslaminibinidiza los recuerdos— se quedó atorado. Como consecuencia, los recuerdos se salieron de control: salían de un cerebro y se instalaban en las personas equivocadas. Su potente antena, con un alcance de diez kilómetros a la redonda, recogía los recuerdos de los habitantes de la comarca y los devolvía indiscriminadamente… también a los animales.
El enredo fue mayúsculo porque el cura tomó los recuerdos del promiscuo marido de doña Cipriana, la modista. El sacerdote se acordaba de todas las fufurufas de «La Granja del Placer». Un caballo ladraba insistentemente por la calle y las gallinas de los solares no sabían cómo amamantar a sus polluelos.
El gerente del banco perdió el recuerdo de la clave de la bóveda, pero se acordaba de la magia de los besos de la reina de las ferias del pueblo. Mientras tanto, en la casa de los Hurtado, la señora no recordaba el nombre de sus hijos, pero empezó a recitar: treinta y nueve a la derecha, tres a la izquierda, dos vueltas a cero y ¡clic! La caja fuerte se abre.
Los recuerdos saltaban de cabeza en cabeza a medida que Jorge Luis trataba de arreglar la máquina. Las personas se acordaban de noches increíbles, de vacaciones fantásticas y hasta de palabras de amor, promesas y pecados ajenos.
En los buses, en los automóviles y por la calle, la gente no se acordaba para dónde iba; pero uno sí recordaba dónde había dejado mucha plata; otro, cuándo era su cita médica; y el de más allá, unas curvas maravillosas… Súbitamente, algunos lloraban, se tapaban el rostro con las manos ante recuerdos horribles o corrían a buscar objetos extraviados.
Doña Encarnación estaba feliz con el recuerdo de la aventura con el dueño de la farmacia y hasta fue a darle las gracias por tan maravilloso polvo al consternado farmaceuta, que no sabía qué estaba haciendo detrás de ese mostrador.
De un momento a otro, la máquina hizo cortocircuito y empezó a despedir chispas y humo entre pequeños estallidos.
Jorge Luis ya no se acordaba para qué había inventado la máquina. En cambio, se acordó de que tenía que llevarle un encargo a una tía que no tenía y empezó a repetir:
—Doscientos de pan, ciento cincuenta de queso y dos barras de mantequilla. Doscientos de pan, ciento cincuenta de queso y dos barras de mantequilla…
Mientras tanto, los pájaros andaban a pie y los perros anidaban en el campanario.
El cartero recordaba el amor de Mariela, y la hermana Mariela, superiora del convento, se acordaba de las canciones de Diomedes.
El notario corría a arreglar una máquina de coleccionar recuerdos que recordaba haber inventado y que se había salido de control.
Y a mí tu recuerdo me agobia, pero no sé… Por más que me esfuerzo, no te deslaminibinidizo.
Jorge Luis inventó una máquina para coleccionar recuerdos, pero el circuito del deslaminibinidizador —o sea, el que deslaminibinidiza los recuerdos— se quedó…
JM
Como bumangués, me siento muy complacido de que exista en la ciudad una pluma como la de Jorge Mario Yepes. Espero que no se moleste con eso de la pluma: podemos llamar así, metafóricamente, a esa técnica suya de escribir desde un celular con bastante zoom, debido a sus limitaciones ópticas.
Como sucede con casi todos sus nuevos conocidos, conocí a Jorge Mario al mismo tiempo que a Greta, su golden retriever, que no sabe ser perro guía, sino solo compañera fiel —a la que, en últimas, le toca aguantárselo—. Andaba de gira con su última obra y me regaló una copia. Esa misma tarde empecé a leerla y la terminé al día siguiente, no porque fuese muy ligera, sino porque tiene ese factor de enganche ágil que obliga a seguir.
Desde que conocí su estilo, no pude dejar de encontrarle similitudes, guardadas las proporciones, con Charles Bukowski, adalid del realismo sucio; y es que hasta se me parecen físicamente. Habiéndolo visto y luego leído, me dije: «Este es el Bukowski de Bucaramanga».
Tengo claro que tamaña comparación no le habría hecho ninguna gracia al gran maestro, pues tenía sus propias habilidades como escritor en muy alta estima, a un nivel, digamos, casi arrogante —o sin el casi—. Lo cierto es que a Yepes tampoco le agradó que le mencionara esa supuesta similitud que yo veía, cuando me dio por soltársela en frío, creyendo que era muy necesario hacerlo.
Me parece que, en el fondo, ambos podrían transigir, al menos, en que se les diga que se parecen en esa esencia de poetas malditos, rasgo sine qua non de los grandes, de los que valen la pena. Mi sorpresa fue mayúscula cuando le comenté a Yepes mi hallazgo, pensando que se enorgullecería de tal reconocimiento —porque yo tengo a Bukowski por un grande entre los grandes—, y este me suelta que ni siquiera sabía quién era ese tal personaje.
Entonces, en vez de desistir, reafirmé el parecido, pues reconocí otro factor compartido: ambos consideran que lo suyo es genuinamente genial y están a gusto con lo que escriben y con la manera en que lo escriben. No sienten empacho en declararlo tal cual, abiertamente, aun a riesgo de menospreciar todo lo demás que se publique. En cuanto a ponerse a escribir, tampoco parece que les cueste demasiado trabajo y, aun así, con envidia manifiesta, reconozco que se les da muy bien.
De pura intuición, siempre he sostenido que todo gran escritor debe ser un gran lector. Hace poco lo reafirmé al escuchar una entrevista a Mario Escobar Velásquez en la que, como genio literario que es, reconocía que los nuevos escritores se encaramaban a los hombros de los viejos; es decir, que, gracias a ellos, cada uno iba desarrollando la literatura desde donde los otros la habían dejado.
Por eso considero tan importante la lectura para los escritores: para que tengan muy presente que ya hubo un Homero, un Cervantes, un Dostoyevski, un Pérez Galdós, un Maupassant, un Caballero Calderón, etc. Los nuevos escritores, como todo neófito, están siempre en deuda con quienes ya dominaron las técnicas y los instrumentos y crearon las grandes obras. Sin embargo, dentro de esa lógica siempre me quedó una pregunta vaga, sin resolver: ¿a quién o qué leyó, entonces, el primer escritor?
Digo esto para señalar un último aspecto de la intrincada comparación que vine a pergeñar. Aunque Yepes ha leído a otros escritores, como ya hemos dicho que debe hacerlo todo escritor, ya en confianza puede llegar a reconocer que lo suyo ha sido leer un poco de cada uno, más que aplicarse al estudio minucioso de los referentes que suele mencionar: Rulfo, Borges, Cortázar y esos rusos y franceses que nunca termina de concretar cuáles, entre tantos, serán.
Todo lo cual me recordó que un día me puse a revisar los escritores que Bukowski dijo, en alguna entrevista, haber leído, y la verdad es que no se parece en nada a ellos; por ejemplo, a Turguénev, a quien me llevó a revisar durante un tiempo. A quienes conocemos al bueno de Bukowski nos gusta precisamente por sus imprudencias, su lenguaje irreverente y su altivez al criticar toda —o casi toda— la literatura y poner por encima su propio aporte.
Tampoco se parece Yepes en nada a los que dice haber leído. Para mí, simplemente, Yepes es Yepes; y en eso, o en aquello que ya dije, sí se parece a Bukowski. Y punto.
Dicho lo dicho, lo que realmente quería decir es que, para todos aquellos a quienes nos gusta la literatura sincera, sin grandes aspiraciones, con trazos de humor negro, sátira y coloquialismo, leer a este señor de Bucaramanga, Santander, Colombia, nos asegura un buen rato de solaz. Vale la pena acercarse a sus textos para interpretar, criticar y reflexionar sobre la propia existencia, la sociedad en la que estamos inmersos y la historia tal como nos la han contado.
Vengan, pues, unas horas muy bien empleadas en medio del realismo sucio y mágico al que nos puede acercar nuestro amigo de visión profunda, aunque nubosa, Jorge Mario Yepes Velásquez.
Como bumangués, me siento muy complacido de que exista en la ciudad una pluma como la de Jorge Mario Yepes. Espero que…
JM
Hoy abrí los ojos temprano. Dos veces.
La primera, a las tres de la mañana, en el sofá, para quitarme el pantalón de pijama, que es muy caliente, e irme a dormir a mi cama. La segunda, a las cinco en punto, para sentarme frente al escritorio y mirar un par de cosas en el celular… Cualquier par de cosas. Esos aparatos soportan tanta escoria cultivada en las redes que algún contenido tendrá la dosis necesaria para hacerme reír. Me sentí de maravilla con el aviso de la captura de alias Malvavisco, llamado así porque era malvado y bizco.
Saqué a mi perra para que depositara su ofrenda. No sé dónde le cabe tanto popó a un perrito. Me alegré de recoger el desecho en una bolsita. La gente que tiene perro no cuenta que puede ser feliz mirando la caca de su mascota porque, según la textura y el color, sabe si el animalito está sano o enfermo.
Si no fuera por Greta, seguramente viviría como una monja de clausura y pondría hasta una ventanita en la puerta para que me pasaran los alimentos.
El mundo es un purgatorio giratorio allá afuera.
Está lleno de gente que piensa que la inteligencia se da por billetera; gente que pasea con cara de que todo huele a caca o que se sienta en algún sitio donde el café vale veinte veces más que en la esquina, para demostrar que ellos sí son completamente inodoros.
Me sentía bien: mi perra cagó bonito y yo quería escribir mi artículo temprano.
De vuelta, ya no me sentía bien. Tenía la cabeza pesada y volví a la cama.
No me provoca moverme. Lo daría todo por un abrazo.
Tengo un dolor de cabeza que no se me quiere ir y estoy absolutamente cansado. Pero voy a pedir unas aspirinas efervescentes a la farmacia.
Tampoco he tomado café. Podría ser eso… Ayer se me quemó y me da pereza lavar la olla, con una costra de café y panela soldada al fondo.
Tengo la casa vuelta miseria…
¿Será que también puedo preguntar en la droguería por una vida nueva y unos ojos verdes como los que tenía cuando estaba muchacho?
Hace un par de días, un joven escribió que yo escribía como un tal Charles Bukowski. Lo había oído nombrar, pero no lo conocía.
En este medio de lectores y escribidores, muchos presumen haber leído a un montón de gente. El dichoso Bukowski aparece en varias listas.
Corrí a la Wikipedia a conocer al man. Leí dos de sus cuentos y estoy en medio de uno de sus libros.
La sorpresa fue grande: le pasaban las mismas cosas que a mí.
Hoy abrí los ojos temprano. Dos veces. La primera, a las tres de la mañana, en el sofá, para quitarme el pantalón…
JM
Bien se podría detener una guerra si internet se cayera definitivamente.
Imaginen ustedes la cantidad de inteligencia que se maneja por las redes.
Porque estas que utilizamos no son las únicas… Son las públicas, a pesar de que son administradas por privados.
Vaya uno a saber las redes que tienen los gobiernos para manejar sus propios intereses.
Cuando aparecieron los primeros correos electrónicos y se empezó a cargar la nube de mensajes, pasaba por los vestíbulos de hoteles, conjuntos de prestancia y salas de espera VIP observando aquella ola de humanos con las primeras laptops.
Luego se inundaron los barrios de locales con salas de internet. No me imaginaba a la gente teniendo tanto que decir.
La globalización me tomó por sorpresa y veía a los europeos, rubios, barbados y oliendo a chucha, salir de algún puesto lleno de pantallas de internet en los bordes de la Amazonía.
Yo, con mi flechita de Nokia, bien me defendía, aunque maravillado de que pudiera hablar por teléfono desde mi vehículo o desde la ladera del Chimborazo con gente que estaba por allá, en la porra… cuestión que para muchos era impensable a comienzos de los setenta. No he dejado de pensar en el Súper Agente 86, que hablaba por un zapato…
Pero, en fin, muy entrados los años dos mil, por cuenta de mi hija, que me trajo a Quito un aparato de pantalla, sucumbí al cacharreo y al carajeo de transitar por el novedoso Facebook, una latente feria de vanidades, y al recién estrenado WhatsApp, por el que se puede enviar un audio con llorada o abrazo en tiempo real, tener novia, mentarle la madre a los demás sin que nos den en la jeta, pelear con el gobierno sin que nos metan a la cárcel y montar cachos de tal forma que desplazamos las plazas de toros.
Y así, a nado de perro, este aparato se fue metiendo en la mano, en el bolsillo o en el bolso, y se volvió imprescindible, de tal manera que, cuando se pierde o se lo roban, la gente dice:
—Ahí estaba toda mi vida.
Y no se equivocan.
También es la billetera, con todos los documentos; el álbum familiar; el consultorio médico; el mostrador para vender o para comprar; la televisión; el noticiero; la primera fila; el aula de clases… y la antesala del culo de cuanta gañifa camina por la calle con las nalgas forradas: siempre se le ve medio celular en la pretina, así no tenga minutos o así no sirva.
Pero miren ustedes lo que pasaría —que de hipotético no tiene nada, porque ocasionalmente sucede—:
Se va la luz, se va la señal, te quedas sin batería, no tienes cobertura o se te cayó y se dañó…
Automáticamente, te conviertes en un bicho con un pedazo de plástico costosísimo en la mano, sin saber qué hacer, porque hasta el ego está ahí guardado. Miramos varias veces la pantalla, reiniciamos el aparato y hasta oramos para que nuestra vida, ahí atrapada, asome por la pantalla y nos diga qué hacer.
¡Cómo extraño el tiempo cuando las horas caminaban de la mano conmigo, sin prisa… Cuando escribía una carta y esperaba una o dos semanas por la respuesta!
Ustedes, contemporáneos, ¿cuándo volvieron a gastar el grafito de un lápiz contra un cuaderno o a agotar la tinta de un lapicero escribiendo la lista del mercado o un poema en una servilleta para la niña que está al frente?
Y ni hablar del sacapuntas… que a estas alturas, los muchachos ni siquiera saben qué es esa joda.
Bien se podría detener una guerra si internet se cayera definitivamente. Imaginen ustedes la cantidad de inteligencia que se maneja por las…
JM
ACLARANDO LA HISTORIA:
El verdadero autor de la Mona Lisa fue el noruego Revlon K. Holeston (1470-1565). De padre desconocido y progenitora alegre, se concluyó que fue un hijo de madre. Leonardo da Vinci recogió aquella obra un día que vino a visitar a Holeston en su taller y terminó el retrato después de recibir la queja de que no sabía cómo descifrar la expresión de la muchacha. Se le atribuye al artista la impresión de la vaga sonrisa de la modelo a que ella quería posar desnuda, pero el pintor noruego no quiso tomar el riesgo porque la Gherardini tenía las tetas muy caídas. Otros atribuyen la expresión incierta de Lisa al hecho de que el maestro Revlon no la dejó ir al baño:
—«Hasta que no terminemos la foto, o si no, no hay pago». La modelo estuvo sentada quince días sin poder hacer chichí, hasta que se tuvo que levantar. El noruego se emberracó y abandonó el retrato. Este bochornoso episodio salió a la luz porque la muchacha se quejó de que no le pagaron y terminó con un severo caso de cistitis. Aquello marcó un referente histórico que desembocó en la creación del primer Sindicato de Modelos del siglo del Renacimiento, cuya presidenta fue Ginevra de Benci. La primera conquista de aquel movimiento sindical fue que las modelos tuvieran derecho a una meada cada hora y media y dos poposeadas; a llevar un balde para las emergencias, un rollo de papel higiénico, un paquete de toallitas húmedas y tres toallas sanitarias con alas… y a llevar lonchera con una Ponymalta y dos Choco Ramo. Otro de los grandes logros del Sindicato de Modelos Asalariadas Libres de las Europas, SINMODALES, fue la exigencia ante la Santa Sede de la abolición por parte del Sumo Pontífice «Pulguencio VII» del certificado de virginidad que se exigía para posar de vírgencitas en los cuadros religiosos. Las pocas vírgenes que conseguían salían sin la condición apenas terminaban la pintura. Los pintores no perdonaban.
Espero con este artículo haber aclarado muchas de las dudas con respecto a la profesión de modelo de pintores famosos en la esplendorosa época de oro del Renacimiento, que dio paso al esplendor de las artes en el siglo XVI y que partió la historia de la pintura en dos y a las modelos en cuatro: categorías de expresión del arte, que veremos en el próximo ciclo de nuestro taller «Lectura para desocupados», de la serie «Antes y después de soltar el inodoro».
ACLARANDO LA HISTORIA: El verdadero autor de la Mona Lisa fue el noruego Revlon K. Holeston (1470-1565).De padre desconocido y progenitora alegre,…
JM
Es una pena no ser escritor… Dibujaría tu rostro con palabras: pinceladas de letras para resaltar tus ojos de cielo. Hermosas paletas de sílabas y colores describirían la policromía de tu risa. Es una pena no ser escritor… Esculpiría con mi pluma tu figura de mujer: cada curva de tu andar, tu cuello de Venus, escultura perfecta, labios de beso eterno. Es una pena no ser escritor… Suprimiría en mi poesía el tiempo y la distancia para abrazarte con mis versos y sentirte cerca, aunque permanezcas lejana.
Es una pena no ser escritor… Dibujaría tu rostro con palabras: pinceladas de letras para resaltar tus ojos de cielo.Hermosas paletas de…
JM
Hay colores que no se pueden combinar, aunque la paleta sea extensa. Como el tiempo, sus tonos son infinitos, cada uno degradándose hacia el vacío: ese concepto de lo que no tiene fondo ni otra dimensión. Hay sentimientos que no se pueden escribir en ningún idioma; no se puede graficar la angustia ni, en lo abstracto, conjugar un llanto con un trazo. El llanto no tiene letras. Siempre he comparado el acontecer de la tragedia, que no es otra cosa que la llevadez de lo que no puede ser… ¡pero lo es!— con el avasallamiento de lo que desaparece, por el motivo que sea… ¿Será que los sauces nunca se cansarán de llorar ni las hienas de reír? Sentado sobre el Muro de Adriano, que guarda la noche, espero el viaje que nunca quise. El visillo de la ventana que me muestra los paisajes se cierra inexorablemente. Quisiera que nadie hubiera llorado nunca, para no haber aprendido a llorar. ¡Cómo extraño la mirada que mi mirada niega!
Hay colores que no se pueden combinar, aunque la paleta sea extensa. Como el tiempo, sus tonos son infinitos, cada uno degradándose…
JM
Nos matamos de mentiritas… con cilindros de gas… ¡Gaas! Todos esos muertos con cara de arrimados… ¡No! ¡Así no se vale! Nos llenamos de muertos pobres, zarrapastrosos… ¡Ni un muerto bueno! Todos muertos de hambre. No nos ha caído ninguna bomba gigantesca. Ni siquiera un misilito de esos que salen en las noticias. No hemos tenido un miserable terremoto, ni un huracán. Esas cosas pasan más allá de la frontera. Aquí nunca. ¡Qué desespero! Además, los misiles caen en otros países, en esos lugares donde la gente parece odiarse «de verdá verdá». No es justo. Deberíamos pelear como en las películas: caer en cámara lenta, con la gota de sangre suspendida en el cuadro, morir más rápido y con estilo. Estos fusiles de por acá dan pena: balas de las baratas y unas minas quiebrapatas, todas folclóricas… Nada que avanzamos.
Nos matamos de mentiritas… con cilindros de gas… ¡Gaas!Todos esos muertos con cara de arrimados… ¡No! ¡Así no se vale!Nos llenamos de…
JM
Cuando Zhukov disparó 9.000 cañones de forma simultánea contra las posiciones alemanas en Seelow, el general alemán Gotthard Heinrici ya lo sabía gracias a los informes obtenidos de un prisionero y retiró a sus hombres diez kilómetros hacia atrás. Más de 500 toneladas de explosivos cayeron sobre trincheras vacías.
Zhukov, convencido de que había acabado con toda resistencia, envió 3.000 tanques y cerca de un millón de hombres a tomar posesión de la tierra arrasada.Heinrici lo esperaba con su armamento intacto y sus tropas intactas. En los dos días siguientes, más de 30.000 soldados soviéticos murieron a manos del Grupo de Ejércitos Vístula. Estos detalles rara vez aparecen en los informes de los vencedores.
El desastre fue minimizado en los reportes enviados a Stalin. Fue una batalla ganada en una guerra perdida. Finalmente, los defensores fueron abrumados. La superioridad numérica era de trece a uno a favor de los rusos. Este desastre retrasó la entrada del Ejército Rojo a Berlín por más de una semana y permitió reorganizar la defensa de la ciudad. La batalla de Berlín fue uno de los episodios bélicos más violentos de la historia.
Los alemanes ya no peleaban únicamente por la patria o por la ideología; muchos preferían morir antes que caer prisioneros en manos de los rusos. Entre los muertos se encontraron niños de catorce años con uniformes remangados, tres tallas más grandes, todavía sosteniendo un lanzacohetes; y ancianos de entre sesenta y ochenta años, con uniformes de la Gran Guerra y viejos rifles.
A estas alturas, cuando se entra a detallar las acciones humanas con lupa, uno se encuentra de frente con escenarios que ningún tipo de arte podría expresar. (Si es que hacer apología de reventarse las tripas a cañonazos se pudiera considerar «arte»… como el necio que escribió El arte de la guerra).Hay escenarios de la conducta humana que, al conocerlos, la reflexión se hace irreflexible.
Cuando Zhukov disparó 9.000 cañones de forma simultánea contra las posiciones alemanas en Seelow, el general alemán Gotthard Heinrici ya lo sabía…
JM
Estoy completamente entregado, en mente, a usted, señora.
Entiendo que mi amor por usted no está en ninguna poesía ni en ningún libro de biología.
Ya he revisado y no aparece ninguna referencia a algo semejante, ni a nada que produzca tanto insomnio.
A escala nanométrica, he investigado a fondo.
En el microscopio electrónico y en los quimioscáneres he descubierto que el rastro de sus labios es altamente contagioso.
Las partículas leptónicas aparecen con las uñas arregladas, los labios delineados y pestañas larguísimas.
Del Instituto de Ciencias e Investigaciones sobre la Luz me llegaron los resultados de un informe que solicité, después de haber logrado aislar la luz de su mirada.
Los resultados fueron sorprendentes.
El aporte nos servirá para crear una nueva máquina que dispare rayos de ternura.
Ya me puse en tratamiento para que los síntomas nunca se me vayan.
Estoy completamente entregado, en mente, a usted, señora. Entiendo que mi amor por usted no está en ninguna poesía ni en ningún…
JM
El viaje es largo, pero entretenido por el paisaje, que es privilegiado.
Para quien viene de afuera, la percepción de tantísimos tonos de verde es una novedad que, para nosotros los colombianos, es algo cotidiano.
No hay como conducir un buen automóvil; la manejada convierte la jornada en un verdadero placer.
Detenerse de vez en cuando a estirar las piernas en un parador de carretera es parte de la diversión: descubrir sabores, colores y productos de la vitrina de la región adonde llegas. En las goteras de Medellín, viniendo desde Bucaramanga, hacemos la última parada.
Un sitio imponente en la loma: un restaurante típico antioqueño con mirador y el olor de las arepas, los frijoles y el chicharrón.
Negocio familiar: los padres en la cocina y las hijas, con polleras de colores, blusas campesinas con escotes amplios y alpargatas, atendiendo sonrientes con el adorable acento de las paisas.
Llega el autobús de «Expreso Bolivariano» con el cupo completo. Se baja la horda de pasajeros en tropel.
Se altera la armonía del sitio. Mi familia y yo ya hemos ordenado el menú. De pronto el lugar es un hervidero: las mesas llenas, gente gritando, caminando entre las sillas, empujando con disculpas, niños berreando, el olor a pasajero trasnochado.
Apresuramos la estadía.
Antes de retomar la vía, necesito ir al baño. Me apresuro al área de servicios y hay una fila para hacer chichí. No puedo esperar; rodeo el lugar buscando algún sitio en la pared de atrás. Al doblar la esquina me encuentro con aquel cartel fijo en la pared.