JM Yepes

Jorge Mario Yepes

Escritura · memoria · ficción · mirada

Historias, ideas y fragmentos para leer sin prisa.

Textos de Jorge Mario Yepes. Prosa y poesía desde una voz colombiana, directa, irónica y personal.

  • En una América no precisamente liberada, sino más bien descolonizada al vaivén de intereses fiscales, el rezago en el desarrollo no está causado exclusivamente por el gobernante… También está en el mecanismo de la fanatización.

    Pueblos enteros desarrollan una pasión por el político de ocasión —el mesías— o por el político de apellido.

    Ahí comenzó el baile.

    El político no se apega a un plan: solo necesita una fanaticada.

    No importa si el cargo le llega del cielo por herencia o si lo alcanza por ocasión —un empresario que busca poder o un «influenciador» de las redes sociales—, aunque no tenga experiencia, trayectoria técnica en la administración pública ni conocimiento del funcionamiento del Estado.

    Le bastan imagen, fama y una historia que contar. A la gente le fascinan las historias.

    «Nosotros contra ustedes».

    El apasionamiento hace el resto. La polarización queda sobre la mesa como una pistola cargada. El líder ya no necesita mostrar resultados. Puede gobernar sin enseñar logros porque, en la fidelidad de sus seguidores, los objetivos se miden en culpas, desatinos anteriores y errores eternos que se exhiben en forma de escándalos.

    No necesita construir colegios ni centros de salud, pavimentar carreteras ni nada de esas vainas.

    Solo le basta construir identidad.

    En el momento en que se abre la ventana de la identidad, la coherencia se vuela por la chimenea, y la razón y el sentido común se vuelven humo.

    Cualquier observación, sugerencia o crítica se convierte en una «vil traición a la causa»… Entonces, cualquier cosa que se diga sobre una gestión equivocada equivale a ayudar al enemigo.

    Ese es el punto de partida del desastre, que solamente el tiempo se encarga de dibujar y la historia, de condenar.

    Un ciudadano polarizado deja de ejercer control político y se convierte en colaborador.

    ¿Para qué utilizar los conductos regulares de contratación, efectuar actos transparentes y controlar el gasto público si, de todas maneras, van a aplaudir?

    Las palabras mágicas serían:

    —¡Los otros lo hicieron peor!

    Y nadie parece advertir el cadáver oloroso en que se está convirtiendo la rendición de cuentas.

    ¡Pero taparse la nariz aguanta!

    Para eso existe un antídoto llamado clientelismo fraternal.

    La gente no dirá:

    —El presidente me dio un cargo…

    En vez de tan corriente argumento, exclamará:

    —¡Mi líder me ha salvado!

    Los políticos de apellido ya saben cómo es la vaina: cómo pagar favores, cómo repartir puestos, cómo repartir contratos, etcétera.

    El influenciador bajado del cielo aprende rápido.

    Cualquier intento de reforma se vuelve sospechoso cuando amenaza con detener, de un momento a otro, algún engranaje de una maquinaria construida para extraer.

    Cualquier intento de escalar al poder por méritos se deshace en una escalera de peldaños resbalosos, embadurnados por un poder que llega a borrar los avances del anterior, no por su beneficio o inconveniencia, sino simplemente porque «los hizo el otro».

    Es la muerte de la meritocracia por fuego cruzado.

    La entrega de cargos a los amigotes, nombrados a dedo, termina llenando ministerios y oficinas de instituciones con técnicos que asesoran, ayudantes de técnico, la moza del primo, el cuñado varado y una fauna infinitamente diversa de lambones y aduladores.

    Ningún país puede darse el lujo de pensar un plan de desarrollo siquiera a veinte años cuando, cada cuatro, llega un carajo con una escoba a barrer y a desbaratar por igual lo bueno y lo malo.

    Colombia, Argentina, Perú, Chile y Brasil, por nombrar solo algunos —desgraciadamente, Estados Unidos últimamente se encuentra en esa tónica, de ahí su deterioro económico y social reciente—, ven pasar, período tras período, este fenómeno: no políticos, no estadistas, sino simples figurines exclamando lo que la gente quiere escuchar, con la misma pasión que un adolescente pone en las palabras con las que intentaría hacerle el amor a la vecina.

    No, señor: en estos países no hay ciudadanos; hay fanáticos.

    No hay estadistas; hay ídolos que arrancan lágrimas como cualquier par de tetas en un estadio.

    Jorge Mario Yepes.

    Nota:

    Ningún animalito fue maltratado durante la elaboración de este escrito.

    EL CAOS DE LA FANATICADA

    En una América no precisamente liberada, sino más bien descolonizada al vaivén de intereses fiscales, el rezago en el desarrollo no está causado exclusivamente por el gobernante… También está en el mecanismo de la…

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Últimos textos

Prosa y poesía

  • Me extrañaba cuando mi hija mayor enviaba fotos de mi nieto. Está tan lejos y su vida es para mí tan importante que apenas he podido sentir su abrazo infantil una vez en diez años. Marco está creciendo como si fuera nutrido con abono orgánico. «No lo publiques en Facebook», me exigía mi niña.

    Lo que parecía un capricho, pronto tuvo la lógica más sabia al hablarlo con ella por teléfono. Obviamente, al crecer ese muchacho y volverse tan apuesto, mi impulso de presumirlo ante mis amigos de las redes era inevitable.

    —Papá —me dijo, palabras más, palabras menos—, los niños de ahora están expuestos por sus padres en las redes sin permiso de ellos. Los jovencitos crecen con el estrés de una imagen impuesta donde se tienen que mostrar tal y como su mamá o su papá los describen, y entonces ya no pueden ser ellos mismos. Dejemos que el niño decida si quiere salir en las redes, qué imagen se quiere construir y cómo se quiere definir.

    El resto es poner presión sobre su personalidad y eso, en este momento de su vida, no lo necesita. Dejemos que desde su propio celular construya su imagen, cómo quiere que lo vean los demás, no cómo queremos verlo los papás. Mientras tanto, él tiene su propio internet. Yo decido con quién juega, con quién habla. No es sano someter a los niños a las redes sociales en edades tan tempranas. La apariencia de un niño, ante un adulto, suele provocar apenas la reacción de sus parientes más cercanos: «¡Divino!», dicen las tías; «¡Hermoso!», exclaman los tíos y los abuelos. Y para eso están los grupos familiares.Que quede claro que no estoy refiriéndome a los innumerables juegos de destreza que manejan los niños en sus computadores u otros dispositivos. Envidio la forma como la generación de ahora maneja esos aparatos. Pero mi hija sí tiene mucha razón.

    Abrir una cuenta de Facebook a un menor de edad y darle un celular es igual o peor que mandarlo a que camine solo por una zona de tolerancia.

    Jorge Mario Yepes Velásquez

    ZONA DE TOLERANCIA

    Me extrañaba cuando mi hija mayor enviaba fotos de mi nieto. Está tan lejos y su vida es para mí tan importante…

  • En el plano de la astrofísica encontramos que nuestro planeta Tierra, en nuestra geometría, sería como una canica en su tamaño; el Sol sería como un balón de fútbol, y la estrella Betelgeuse —en el hombro derecho de “El Cazador”, en la constelación de Orión— sería el estadio completo. La estrella Betelgeuse es 700 veces más grande que el Sol.

    Hipotéticamente, si un ser humano caminara sin dormir, las 24 horas terrestres, se demoraría 80.000 años en dar la vuelta a esa estrella. Para acabarnos de aterrar, dentro del Sol caben 103 millones de «planetas Tierra». Ahora, si el planeta Tierra es una canica, como dijimos en el plano comparativo del cosmos, entonces ¿a qué se compararía el ser humano en tamaño? ¡Simplemente somos bacterias!

    Pero con un cerebro tan evolucionado que alcanzamos a manejar, o por lo menos a percibir, volúmenes, tiempos, espacios e infinitos tan complejos como la metafísica y las concepciones universales de la existencia de Dios, como nos lo muestran Baruch Spinoza y Stephen Hawking. A partir del gran terremoto y tsunami que azotó la costa ibérica en el año 1755 y borró a Lisboa y a una cantidad de pueblos costeros del mapa, se empezaron a documentar y a analizar, de manera científica, las causas de los movimientos telúricos.

    Antiguamente, solo se trataban de explicar como mensajes divinos, castigos de Dios o señales de algún evento extraordinario, como la muerte del Mesías (Mateo 27:50-51). Y lo más curioso: ¡un revolcón en la filosofía universal!

    Voltaire escribió el «Poema sobre el desastre de Lisboa» y Jean-Jacques Rousseau le respondió, casi de manera alevosa, con su «Carta sobre la Providencia»: una diatriba que revolcó las ideas de Leibniz acerca de que «vivimos en el mejor mundo posible» y puso patas arriba buena parte de la filosofía europea de aquel siglo. Ya vemos, pues, de qué tamaño somos y que, a pesar de presumir de un vasto conocimiento sobre el universo y las leyes de la vida, todavía no comprendemos nuestra miserable grandeza, viviendo en una piedra que flota en el espacio y que, en cualquier momento, puede estallar.

    Jorge Mario Yepes

    EL TAMAÑO INCONCEBIBLE

    En el plano de la astrofísica encontramos que nuestro planeta Tierra, en nuestra geometría, sería como una canica en su tamaño; el…

  • —Mire, si usted no pone la billetera en mi bolso, le entierro esta navaja, perro —amenazó María Teresa apoyando la punta de su navaja contra el costado del hombre que venía detrás de ella, cuando abordaba el autobús y luego fue a sentarse a su lado.

    Los días de las personas que quieren salir adelante son cortos cuando uno quiere superarse, cuando el entusiasmo y la juventud se vuelven cómplices para alcanzar una meta… cuando se tiene la voluntad de salir de donde no salen muchos, de un vecindario alejado, sucio y pobre, plagado de pandillas y malos hábitos.

    «Mariate», como le decían los que la querían, era la única mujer de cuatro hijos. Jugó al fútbol, a los quemados, al Yoyo Russell, al trompo… y a las trompadas con sus hermanitos, que nacieron en serie, uno detrás del otro, con un embarazo de diferencia. Fue la tercera en nacer en una familia de esas, donde los padres literalmente se rompen hasta el alma trabajando para darles a los muchachos la educación y las oportunidades que ellos no tuvieron… Pero tampoco lo lamentaban, porque el campo era lo de ellos.

    Alejandro Gómez y Débora Plata habían llegado de Suratá, recién casados, huyendo, como huyen muchos, y ni vale la pena hablar de qué se huye en los campos de Colombia. Todo el mundo lo sabe. Se establecieron en uno de esos barrios de invasión que al principio son cinturones de miseria y que van ampliando las ciudades.

    ¡Claro que se repartió chancleta en esa casa! Se corrigió con correa y carácter. En la cuadra, no faltaron las peleas y el matoneo recíproco de los tres muchachitos y la jovencita, junto con el resto de niños de la manzana.

    Se jugaba «escondite» y «la lleva» en la calle y se daban puños, como sucede con todos los jovencitos después del grito: «¡Por mí y por todos!» o… «¡Tacho arremacho!»

    Ir a la escuela del barrio Techo al norte de Bucaramanga era una aventura, caminando por barrancos y caminos de tierra lisos cuando llovía.

    Dispuestos a sacar a esos niños adelante al precio que fuera, Débora y Alejandro se aseguraban de que fueran a clase, la madre estaba pendiente de su llegada y los sentaba a hacer las tareas, mientras el padre arreglaba carros en los talleres de la Carrera 15.

    Después de una de las celebraciones de la novena decembrina en el salón de la junta de acción comunal, de regreso a casa, Mariate, al dar un paso, pateó un objeto sólido, alargado, de unos diez centímetros, que rebotó travieso contra una piedra dando vueltas.

    Curiosa por el sonido y la forma como rebotó, levantó del suelo lo que parecía ser una empuñadura de cuchillo sin hoja, negro brillante, pesado y rematado en metal plateado en los extremos, con un punto metálico en el centro. Al presionarlo, instantáneamente, salió del costado de aquel artilugio una hoja de acero brillante con un filo sobrecogedor.

    Entonces reconoció la navaja automática que había visto en las películas que veía con sus hermanos los sábados y los domingos en la nochecita, en el televisor de la sala. Nunca había visto una en persona. Presionó el botón de nuevo y la hoja dócilmente volvió a su lugar ayudada por la palma de su mano. Entonces la guardó en su bolsillo, fascinada. Acababa de cumplir catorce años.

    Nunca le mencionó a nadie el hallazgo de la navaja automática y la mantenía consigo a toda hora: en su bolso, en un bolsillo, disimulada con alguna otra cosa para que no se notara.

    Nunca se desprendió de aquel artefacto. Algunas noches, a solas en su cuarto, la sacaba y la abría, para leer las letras que traía la hoja en la parte de atrás:

    Stiletto. La cerraba y la volvía a guardar. A veces repetía, solo por ver la hoja pegar el brinco. El barrio empezó a transformarse, pero a los Gómez Plata no les alcanzó el progreso.

    El barrio comenzó a llamarse Kennedy. Los jóvenes todavía pasaban por calles empinadas, lotes baldíos, con grupos de muchachos por ahí en el monte, fumando cigarrillo, tomando guarapo y haciendo los primeros pasos para graduarse de antisociales, que luego llenaron la calle 4.ª.

    «La Cuarta», a la que llamaban inicialmente la calle del «Bombillo Rojo», que ya empezaba a mostrar sus letreros de neón, música de picó, con putas del páramo y pueblos aledaños. Los mayores de la casa fueron terminando los estudios en el colegio Santander, seguidos, año tras año; en el mismo orden que nacieron: grado con celebración de vino Cherryn’Old, botella de aguardiente Superior, radiola con música de los Ocho de Colombia y baile con las primeras novias… Y, a la semana siguiente, a buscar trabajo. Mariate daba clases de matemáticas particulares por lo que le pudieran dar las mamás de los niños. No quiso dejar sola a su mamá. Ver llegar al viejo con sus manos hinchadas de apretar tuercas en el taller, al terminar la jornada, era ritual de todas las noches.María Teresa, con inmenso cariño, le sumergía las manos en agua tibia con sal y le hacía masajes con aceite Johnson… Vivir con lo justo, no poder salir del norte ni acceder a una casita del Instituto de Crédito Territorial y la inseguridad de aquella zona eran motivo de largas conversaciones familiares, que formaron en ella una determinación inquebrantable de ir a la universidad y estudiar una carrera. ¡Una ingeniería en la UIS! El menor iría al Servicio Nacional de Aprendizaje SENA, allá en la calle 19 con carrera 35. Excepcionalmente, todos los hijos salieron juiciosos y emprendedores. La chancleta hizo bien su trabajo. La embotelladora de cerveza y la fábrica de cemento les dieron cierta estabilidad a los dos mayores que empezaron a ayudar en la casa. Entonces Mariate entró a la universidad.Aquella muchacha decidida a estudiar ingeniería mecánica empezaba su jornada a las 4 de la mañana. Tomaba el bus a unas cuadras de su casa. Aquella mañana de cualquier día en 1963, la joven se levantó, se bañó con agua fría y se vistió como acostumbraba: de camiseta o camisa de sus hermanos por fuera y blue jeans de El Roble —como siempre los había usado— y su par de tenis «Croydon»… Nunca le entusiasmaron los vestidos ni los tacones. (Las dos únicas veces que la vieron vestida de enaguas fue para su primera comunión y su fiesta de 15 años de barrio, con baile de vals, ponqué, vino Sansón y foto. Las dos veces, después de la foto, salió disparada a su cuarto a ponerse blue jean y tenis.)Abrió la cajita donde guardaba el dinero de los buses, puso un par de billetes de a peso en su bolsillo, se colgó el bolso guajiro terciado en los hombros, se sentó en la mesa de la cocina, sacó su libro de la primera clase del día, lo miró mientras tomaba su café con pan… se despidió y salió a tomar el autobús como todas las mañanas, desde hacía dos semestres.Los abismos que rodean la meseta de la ciudad de los parques son guarida de una bruma blanca y espesa, que hace que en las madrugadas la ciudad flote en una nube. De aquella niebla salen los pasajeros que llegan a la estación a tomar el primer autobús.Mariate hizo la fila para abordar. Aquel hombre detrás de ella se acercó demasiado, olió su aliento vinagre, contuvo la respiración. Al paso por la registradora, sintió un pequeño tirón en la mochila, se puso alerta. No volteó a mirar atrás, discretamente tanteó su bolso: no sintió su billetera, solo un par de cuadernos y un libro.Pensativa, se fue a sentar cerca de la puerta trasera, donde siempre tomaba el asiento, contra la ventanilla. El hombre se sentó al lado de ella. María Teresa no lo miró.Siguió tanteando el bolso, que puso sobre las piernas… Estaba rígida, alerta y muy nerviosa. Le pasó por la cabeza que fuera uno de esos cosquilleros que se suben a robar a los buses y que venía por más. «¡La billetera!», pensaba. Con la cédula, el carné de la universidad, la tarjeta de la biblioteca y el billete de 500 pesos cuidadosamente doblado al fondo para emergencias.

    Era una costumbre que le había enseñado su padre: —Siempre mantenga un billete en la billetera, m’ija. No lo gaste; es un seguro, para que no se tenga que bajar los calzones por ningún favor ni la tengan que bajar de un carro bien lejos. Para no dejarse irrespetar ni tener que andar a pata… Ese día coge un taxi y se viene para la casa. «No puedo perder la monjita», pensó entre el pánico y la determinación. («La monjita» le decían al billete de 500 pesos porque traía la foto de una monja).Volvió disimuladamente a apretar el bolso desde afuera por todas partes y entonces sintió aquello. ¡La navaja automática! Nunca se había separado de ella. Pensó en el barrio, en las peleas, en el vocabulario soez que había escuchado toda su vida, y hasta en el acento de los callejeros. ¡No se iba a dejar! Metió la mano en la mochila disimuladamente y, a tientas, encontró el botón del resorte de la Stiletto.

    Entonces, levantando el bolso hacia el lado del hombre, tapando su mano, aquella hoja brincó y quedó rígida delante de la empuñadura. Presionó la punta contra el costado de aquel infeliz y le dijo, muy claro y muy bajo:

    —Si usted no pone la billetera en el bolso, le entierro esta navaja, perro, y me importa un culo, y si me persigue, lo espero y me hago matar.

    El hombre, de unos 40 años, mestizo asomando canas, delgado y huesudo, la miró de reojo, pero se puso rígido, siguió mirando al frente mientras metía la mano en su pantalón y discretamente deslizó la billetera dentro del bolso.María T. lo sintió, no le quitó la mirada de la cara. De repente se levantó, casi pasando por encima del desgraciado, golpeando sus rodillas y gritando al chofer:

    —¡Parada! ¡Parada!

    —¡Viejo puerco atrevido, no lo dejen bajar! guardó la navaja abierta en la mochila. La puerta estaba al lado y, aún sin que el chofer se detuviera completamente y ante la alarma de todos los que voltearon a mirar, prácticamente saltó del bus en marcha. Se escucharon otros gritos dentro de aquel vehículo, pero ella corrió, sin detenerse y sin mirar atrás, hasta que se dio cuenta de que nadie la estaba persiguiendo.

    Entonces se detuvo, caminó, volvió a correr y se metió por las cuadras de aquel barrio desconocido, hasta que encontró una tienda de esquina con mesas. Se sentó, todavía temblando,

    vigilando las dos entradas del negocio: la de la calle y la de la carrera.

    La señora que atendía el mostrador la vio nerviosa y le preguntó:

    —¿Qué le pasa, niña? —Un viejo asqueroso me quería robar en el bus, pero no me dejé! —le dijo triunfante a la dependiente mientras sacaba del bolso la billetera y la ponía en alto.

    Esa no era la billetera.Alarmada, María Teresa Gómez Plata colocó encima de la mesa aquella billetera de hombre, desconocida para ella, la abrió y encontró una cédula de ciudadanía, una libreta militar y quince pesos. Estaba segura de que ese señor era el ladrón…

    —Pero entonces, si no fue el viejo, tuvo que haber sido algún pasajero sentado al lado de la registradora. Volvió a mirar qué más había y sacó una foto del viejo con una señora y los niños. Leyó la cédula: «Suárez González Abimael».

    —¡Ay, Dios! ¡Acabo de atracar a ese pobre hombre! —¡Juepuuuta, qué cagada! Salió de aquella tienda con las orejas calientes de la vergüenza, la culpa y la confusión. Caminó hasta la universidad, llegó a mitad de jornada, no le importó. Ese día no le importó nada. Asistió al resto de clases como una autómata; la mochila le pesaba como si llevara plomo.

    Llegó a casa en la noche. No tenía hambre ni ganas de saludar ni de hablar, ni siquiera de respirar. La culpa le apretaba el cuello. La billetera de aquel hombre dentro de la mochila se sentía como un ladrillo. Su mami la vio sentada en la mesa de la cocina. Se acercó sonriendo y la abrazó ahí sentada.

    —Ay, María, m’ija, ¿cómo, cómo le fue? Y, sin esperar respuesta, continuó:—Cómo le parece que usted esta mañana dejó aquí su billetera… La encontré aquí mismo en el piso, debajo de la mesa.

    LA NAVAJA AUTOMÁTICA

    —Mire, si usted no pone la billetera en mi bolso, le entierro esta navaja, perro —amenazó María Teresa apoyando la punta de…

  • El tercer encuentro con Dios.

    ¡Pare aquí! ¡Pare aquí! —le dije, urgente y suplicante, al chofer del bus que precisamente acababa de recoger a un pasajero.

    A pesar de su fastidio, no tardó, refunfuñando entre dientes, en volver a parar y dejarme bajar. Había alcanzado a ver a mi amigo Jehová detrás de una recua de mulas, bajando por un camino de tierra.

    —¡Holaaa! —le grité, caminando hacia él con una sonrisa que no me cabía en la cara.

    —¿Hola de qué? Pues ¡hola de qu’hubo! —le dije, haciéndole una mueca desencantada. Al momento me arrepentí de la respuesta, pues se supone que, al encontrar a Dios, debía hacer una reverencia infinita y tener una humildad de perro criollo ante el Omnisciente.

    Bajé la cabeza y me disponía a clavar rodilla en tierra. Sorpresivamente, su actitud no fue la misma de las veces anteriores.

    —No joda, no se vaya a ensuciar los pantalones. Más bien venga, que a media cuadra hay una fondita y nos tomamos un aguardiente y adelantamos cuaderno.

    —Señora Ana María, ¡buenas tardes! —habló desde afuera el viejo.

    —Le presento a mi amigo… Como se llame. Es que no me acuerdo. Pero qué verraco pa’ hablar paja. Me quedé perplejo con la presentación. La señora de la tienda asintió hacia mí con la cabeza y una sonrisa. Trajo media de aguardiente, dos copitas y se devolvió detrás del mostrador, con un trapo, a hacerse la que limpiaba.

    —¿Y esta vez cómo me reconoció?

    —No viene caminando encorvado y esas mulas no brillan de sudor. No traen el paso cansado ni sienten la carga.

    Vienen secas. Además, no trae ningún zurriago en la mano. Y ahora que están ahí paradas afuera, no mueven el cuero para espantar los moscos…

    Antes de que Dios me replicara, volteé la mirada hacia la señora del mostrador, que escuchaba atenta. Después lo miré a él.

    —No se preocupe —me comentó con naturalidad—. Cuando nos vayamos a ir le hago un gesto y no se acordará de nada. Entonces sacó de su carriel los dos libros que yo había escrito.

    —Y claro que sí me acuerdo de usted…

    Cuando se metió en problemas empezó a escribir, ¿cierto? Por eso le dije a la doña que usted era un verraco para hablar paja. El calor se me subió a las orejas. Habían pasado tantos años desde mi último encuentro en aquel potrero de mangos, que me sentía avergonzado de todas las carajadas en las que me metí desde ese día.

    —¡Tranquilo! —me dijo, leyendo mi angustia.

    —Ahora me preocupo por muy poquita gente y usted está en mi radar. En realidad, no juzgo a nadie; esas son vainas de los curas.

    Ya no me preocuparía demasiado por lo que hizo o dejó de hacer. Muchas veces el cerebro repite cosas de las que uno no se quiere acordar.

    Me sentí más avergonzado aún, como si aquello fuera el perdón de mis pecados, y me agobió que hubiera sido tan fácil la exoneración.

    —Pero cuénteme, maestro, ¿por qué de arriero? ¿Por qué las mulas? —le pregunté mientras llenaba los vasos, tratando de cambiar el tema.

    —¡Me mamé! —dijo en tono descarado—. Aunque no me puedo descuidar del todo.

    Acuérdese de lo que me pasó con el diluvio. Las otras veces que le he quitado la vista al universo, han sucedido Pompeya, Santorini, Krakatoa, dos guerras mundiales y el reguetón.

    Hacer de arriero no me quita el gusto de observar paisajes amables, y las mulas no joden. Son una excelente compañía. Eso me ayuda a mantenerme alerta, pero selectivo.

    A veces alcanzo a congelar un volcán, dejando que desfogue de a poco, aunque dejo pasar uno que otro terremoto, o reemplazo a un líder arbitrario sin saber realmente si vendrá uno más loco.

    Lo cierto es que, definitivamente, el mayor peligro es la gente.

    Sartre tenía razón: «El infierno son los demás», y este mundo se llenó de diabluras. Antes escuchaba plegarias y el fervor de la gente. Inclusive mandé a Chucho, pero me salió con ideas pacifistas y se hizo crucificar.

    De todas formas, no dejé de escuchar plegarias, pero inventaron el radio, la televisión y las redes sociales.

    Primero no escuchaba bien por tanta interferencia. Ahora simplemente no sé qué es verdad y qué es mentira, con tanto periodista vendido, tanto cura ambicioso, tanto pendejo publicando en TikTok y riéndose para la foto con unos dientes dos tallas más grandes.

    Entonces me vine para acá, para estas montañas, y de vez en cuando salgo a caminar. Le ayudo a la gente con sus cargas, hago tareas fáciles y solo me relaciono con ciertas personas.

    —No es que yo haya abandonado al mundo, sino que el mundo me abandonó a mí. Esta última frase la dijo con los ojos aguados y media docena de guaros entre pecho y espalda.

    —Y ni hablar de cambiar las cosas de un momento a otro.

    La fe mueve montañas, pero ya no hay fe y las montañas se están cayendo porque les están pelando los árboles.

    La fe es lo que alimenta los prodigios; ya hay muy poca. Por eso ando escaso de milagros.

    Todo esto me lo dijo durante aquella tarde, entre un aguardiente y un cigarrillo, con música de las Hermanitas Calle, escuchando «Alas de gaviota» y aquella canción que dice: «Aviente el paso, mula hijueputa, que ya muy pronto vamos a llegar», de Octavio Meza.

    Nos burlamos de medio mundo, pero no digo nombres. Echamos cuentos de la Nena Jiménez, imitamos a Bad Bunny, que canta como si tuviera una papa en la jeta, y nos cagamos de la risa. Nos cogió la noche.

    En un momento me paré al baño. Cuando volví, la mesa estaba vacía, pero las dos copas sí estaban ahí.

    La botella seguía siendo media, como si no hubiéramos bebido. Le pregunté a la señora por el señor que estaba conmigo. —Él pagó y se fue.

    —¿Y usted no sabe dónde vive? ¿No sabe cómo se llama? ¿No lo había visto antes? Doña Ana María, con el más paisa de los acentos, me respondió:

    —Aah, nooo… ¡yo no me acueeerdo!

    El Señor, antes de irse, le había hecho el gesto a la doña.

    JM

    ANDO ESCASO DE MILAGROS

    El tercer encuentro con Dios. ¡Pare aquí! ¡Pare aquí! —le dije, urgente y suplicante, al chofer del bus que precisamente acababa de…

  • Se los cuento por encimita, para no cansarlos. Nuestro personaje se llamaba Iván IV Vasílievich, descendiente directo de Rurik, el vikingo que fundó Rusia.

    Cuando murió su padre, Vasili III Ivanovich, gran príncipe de Moscú, nuestro Ivancito apenas tenía tres años, así que el poder quedó en manos de una regencia encabezada por su madre y, después de la muerte de esta, por los poderosos boyardos: miembros de la nobleza que controlaban y aconsejaban en los asuntos de la corte. Y aquí empieza la historia.

    Porque aquellos cuidadores no se comportaron precisamente como tales. El muchachito creció entre humillaciones, hambre, encierros y malos tratos. Lo vestían lujosamente para presentarlo en ceremonias oficiales y desfiles. Después, lo devolvían a sus aposentos, donde volvía a ser un niño solo, asustado y maltratado, en calzoncillos o con cualquier trapo encima, a pesar del frío o del calor.

    En aquella época todavía no existía la Rusia que conocemos. El territorio estaba dominado por el Gran Principado de Moscovia y por otros principados que, mediante guerras, alianzas y conveniencias políticas y comerciales, terminaron por agruparse en una estructura estatal cada vez más poderosa.

    Iván creció viendo cómo quienes tenían el poder podían hacer con él lo que se les daba la gana.

    De todas formas, entre tanto atropello, nunca dejó de recibir lecciones particulares en todas las materias de aquel tiempo: matemáticas, filosofía, astrología, además de una formación religiosa ortodoxa que marcó gran parte de su forma de ser.

    Hasta que llegó el momento en que se cansó de tanto abuso por parte de sus regentes. Tenía trece años cuando decidió que no iban más.

    El 29 de diciembre de 1543, Iván mandó llamar a Andréi Shuiski, uno de los hombres que más lo había humillado y que había ejercido una enorme influencia negativa sobre su carácter.

    Shuiski acudió a los aposentos del joven soberano, tal vez pensando que iba a recibir alguna petición. Llegó con su sonrisa soberbia y su mirada burlona.

    Iván ordenó, con una voz de mando sorprendente, a los hombres de su guardia personal que lo apresaran.

    Ordenó que lo golpearan salvajemente.

    Por último, lo sacaron arrastrado y lo llevaron hasta el patio del Kremlin, donde fue arrojado a los perros que, por entretenimiento, se criaban en el palacio: animales de caza y guerra, adiestrados para pelear hasta con los lobos. No quedó mucho del pobre boyardo.

    Fue mucho más que una venganza.

    Fue el primer acto de autoridad del muchacho. El niño se desquitó de una manera terrible.

    El adjetivo quedó, desde ese momento, encajado en su nombre:

    IVÁN EL TERRIBLE.

    Cuatro años después, a los dieciséis, Iván fue coronado. Se autoproclamó solemnemente ZAR… el nombre que, en aquel idioma, correspondía a CÉSAR.

    Los moscovitas estaban convencidos de que Moscú era la Tercera Roma.

    Y entonces empezó otra historia. Una historia difícil de contar sin tener un hígado fuerte. Porque Iván fue un gobernante extraordinariamente complejo: expansionista, inteligente, culto, capaz de grandes decisiones políticas y militares, pero también víctima de profundas paranoias, arrebatos de violencia y una crueldad que terminó alcanzando dimensiones espantosas.

    Hubo campañas militares, conquistas sobre los kanatos próximos y una expansión territorial vertiginosa.

    Entre los hechos más terribles de represión se encuentra el castigo a la ciudad de Nóvgorod, alentado por el rumor de que desde allí se fraguaban planes para derrocarlo.

    La ciudad fue saqueada y el 90 % de sus habitantes, exterminado.

    En medio de aquella personalidad cada vez más desbordada hubo, sin embargo, una mujer capaz de calmarlo: su primera esposa y su verdadero amor, Anastasia Románovna Zajárina.

    Iván encontró en ella el equilibrio. Ella calmó sus ímpetus mientras duró el matrimonio.

    Hasta que Anastasia murió.

    El zar sospechaba que había sido asesinada, aunque los registros históricos sostienen que murió por enfermedad.

    Siglos después, en el año 2000, los análisis forenses de sus restos encontraron concentraciones extraordinariamente elevadas de mercurio.

    Bueno… ya ni modo de avisarle al marido que tenía razón. Qué le vamos a hacer.

    A Iván se le terminaron de aflojar los tornillos. La muerte de la mujer lo dejó sin frenos.

    Los años pasaron.

    El zar conquistó territorios, acumuló poder y riqueza, y la sola mención de su nombre era motivo de pánico. Hasta servía para lograr que los niños se acostaran temprano, se portaran bien o se tomaran la sopa.

    Hasta que ocurrió algo que lo precipitó hacia un final desconcertante.

    El Terrible tenía alrededor de cincuenta y un años cuando discutió con su hijo, el zarévich Iván Ivánovich, su flamante heredero de veintisiete años.

    El hijo defendía a su esposa, a quien su padre había maltratado.

    En medio de la discusión, el zar golpeó a su heredero en la cabeza con un bastón de madera con punta de hierro que siempre llevaba consigo.

    El golpe cayó encima de la oreja. El joven cayó manando sangre de la sien y del oído.

    Los médicos no pudieron salvarlo después de tres días de luchar contra la muerte.

    Después de perder a su propio heredero, el hombre que había aterrorizado a las tribus más fieras del norte de Asia comenzó a quebrarse.

    Entró en un delirio de culpas y arrepentimiento. Veía a los muertos rondar su cama y su trono, dormido y despierto, de día y de noche.

    Iván ordenó revisar los registros de aldeas y pueblos y hacer una lista con más de tres mil nombres de personas que habían muerto por su causa. Pidió que se rezara por ellas en todas las iglesias, como si con oraciones pudiera ser perdonado de sus pecados.

    El poderoso zar envejeció en los dos años siguientes hasta adquirir un aspecto decrépito, de octogenario: encorvado, con una barba larguísima, caminaba arrastrando los pies y se movía con dificultad.

    Apenas tenía cincuenta y tres años.

    Sintió que sus fuerzas se agotaban. La muerte le hablaba en la cara, dejándole el fétido olor de una bestia de monte.

    Como todos los hombres de su tiempo, el soberano creía en presagios, conjuros, supersticiones y poderes del más allá.

    Hizo llamar a magos, brujas, chamanes y adivinos procedentes de Laponia, cuna de la hechicería mundial.

    Sesenta supersticiosos se reunieron y comenzaron a realizar ceremonias y consultas.

    Anunciaron algo aterrador:

    Iván moriría el 18 de marzo de 1584.

    El zar se echó a reír.

    Y después los amenazó:

    —Si no me muero ese día, los mando quemar a todos.

    Llegó el día señalado.

    Iván despertó.

    Se sentía divinamente. Mandó avisar a los adivinos que pronto prepararía la hoguera.

    Pero ellos enviaron una respuesta:

    —El día todavía no ha terminado.

    Alrededor del mediodía, Iván decidió jugar una partida de ajedrez con uno de sus consejeros.

    Preparó el tablero.

    Tomó las piezas. Y cuando fue a colocar el rey, este se le resbaló de la mano y cayó al suelo.

    Iván se inclinó para recogerlo.

    Enderezó el cuerpo, ya con la pieza en la mano. Sonrió.

    Pero aquella sonrisa se convirtió en una mueca.

    El zar cayó de espaldas. Y cuando su cuerpo tocó el suelo, el hombre ya estaba muerto.

    Jorge Mario Yepes Velázquez.

    TERRIBLE AJEDREZ

    Se los cuento por encimita, para no cansarlos. Nuestro personaje se llamaba Iván IV Vasílievich, descendiente directo de Rurik, el vikingo que…